En determinados momentos, distintas poblaciones se dieron cuenta de que no era necesario
seguir los ritmos y los lugares de la naturaleza, sino que se podían recoger las semillas de algunas
plantas, ponerlas en un espacio con suficiente agua, cerca de alguna cueva o refugio natural, y
dejarlas crecer. Nos ahorrábamos buscar alimento. Otro cambio fue que podíamos seleccionar las
semillas más gordas para dar lugar a la siguiente generación, y así las plantas iban dando granos
cada vez mejores y más productivos. A esto se le ha venido a llamar «la primera revolución verde».
Domesticar una planta era adquirir un poder semejante a lo que en su momento supuso el
descubrimiento del fuego. Aumentar la producción de alimentos permitía aumentar la población. Un
aumento de la población en una época pretecnológica suponía un mayor poder bélico respecto a las
tribus vecinas y la capacidad de ganar en recursos. Algunos autores como Jared Diamond van todavía
más allá y ven en esta capacidad de domesticar plantas el origen del éxito de la civilización
occidental. Eurasia es un continente más ancho que alto, lo que implica que a medida que una
civilización se va expandiendo a lo largo de un paralelo hacia Oriente u Occidente, las condiciones
climáticas y de luz son similares. Las plantas domesticadas van adaptándose al nuevo territorio sin
problemas. África y América son continentes altos y estrechos; si una civilización se expande hacia el
norte o el sur siguiendo un meridiano, las plantas domesticadas no pueden acompañarlas, puesto que
las condiciones climáticas y de luz van cambiando, lo que obliga a un largo proceso de adaptación o
a la domesticación de nuevas plantas. Según Diamond, este sería el motivo de que las primeras
grandes potencias estuvieran en Europa y Asia.2 Esta teoría no está aceptada universalmente, pero es
cierto que podemos asociar las primitivas civilizaciones con sus cultivos, puesto que, a medida que se
expandían, sus cultivos iban con ellos.
Y si la producción de alimentos es lo que marca el inicio de la civilización, la falta de estos es lo
que marca su declive. Una civilización bien organizada puede hacer frente a epidemias, puede lidiar
con invasiones, pero no puede hacer frente a una sequía o a un problema con las tierras de cultivo.
Para plantar cara a un ejército poderoso como el persa sobra con trescientos espartanos en tanga,
pero poco podrían haber hecho Leónidas y sus muchachos si ese año las cosechas hubieran fallado.
Tenemos numerosos ejemplos. En 2008, la revista Science publicó un artículo en el que unos
científicos de la Universidad de Lazhou demostraron que existía una correlación entre el grosor de
las sucesivas capas de las estalagmitas de la cueva de Wanxiang con los períodos de crisis o de
estabilidad política en China. Según sus investigaciones, el final de las dinastías Tang, Yuan y Ming
coincide con bandas estrechas, mientras que el esplendor que vivió China bajo la dinastía Song
coincide con unas bandas muy anchas en las estalagmitas.3 ¿Es casualidad? Ni mucho menos. Las
estalagmitas se forman por el carbonato cálcico arrastrado por las filtraciones del agua de lluvia. En
el caso concreto de China, el grosor de la banda anual de las estalagmitas es una indicación de la
intensidad de las lluvias monzónicas. Bandas más anchas implican monzones muy generosos en
lluvias, y por tanto abundantes cosechas; bandas estrechas implican sequía, pocas cosechas y hambre,
lo que lleva inexorablemente a la inestabilidad política y, en muchos casos, a un cambio en la dinastía.
Si durante la dinastía Ming hubieran construido presas y canalizaciones en vez de jarrones de
porcelana, mejor les habría ido.